-¿Sabes?-dije sentándome- tiene gracia, todos encontramos buenas excusas para no permitirnos amar, por miedo a sufrir, por miedo a que un día nos abandonen. Y, sin embargo, cuánto amamos la vida, pese a saber que un día nos abandonará.
-No digas eso...
-Deja de proyectarte en el pasado. No hay platos rotos que reparar. Sólo hay cosas que vivir, y nunca ocurre como una había previsto. De todas maneras, si la vida pasa a una velocidad de
vértigo y a ti no te importa nada,
¿qué haces aquí conmigo hoy?
-En cierta medida tú...
-Escuchame, pierdes el tiempo conmigo... He sido tu
juego, tu pasatiempo estos días atrás. Un entretenimiento efímero para mantener tu cabeza fría y que dejaras de pensar en todo lo demás, en
tu historia. Crees que estoy ciega ante tu realidad pero seguramente hasta la vea mejor que tú. Voy conociendo tus miradas pero no por ello me canso. Sé que la esperabas, que la mirabas incesantemente bailar el viernes por la noche, sé qué soy para ti y sé que soy para ella:
la hija de puta que se ha cargado vuestra eternidad.
-Eso no es así.
-Claro que lo es -sonreí- No soy ni la mitad de guapa, ni la mitad de perfecta, ni la mitad de todo lo que significa ella en tu vida. No tengo los Ojos De Gata que cantan Los Secretos, ni siquiera te has fijado nunca en ellos; te lo dije:
no valgo más que el escudo que me cubre. Bajaste el listón al fijarte en mí... y he llegado a creer que ahora no sabes como
desecharme. Quizás porque a las cosas buenas se les coge una cierta
ternura con el tiempo...o tal vez sea porque verdaderamente el único sentimiento que despierto en ti es
pena.